Fui a mi primer festival en 1997. El Fib en el recinto original; recuerdo que hubo 14.000 personas.
A lo largo de la década pasada, el boom de los festivales alcanzó cotas muy elevadas y parece que se mantienen en época de crisis. La oferta es enorme por cantidad de citas, no por variedad artística. Hay una serie de grupos, un número no muy amplio, que se reparten los huecos en los carteles y el resto quedan excluidos. Es así, no hay más historia.
A muchos grupos nacionales jamás les han dado una oportunidad de estar en un festival, por pequeño que sea. Eso sí, Sidonie, Lori Meyers y Vetusta Morla están en todos.
Claro que cada uno en su casa hace lo que quiere. Por supuesto. Pero hemos llegado a un punto en que el atractivo de estos eventos es nulo. Al menos para un cliente exigente.
No menos “denunciable” es el engaño que supone que en 2012 te vendan como la reórdiga unos cabezas de cartel que ya lo eran quince años atrás. Vacas sagradas que ocupan primeras líneas para asegurar una buena venta de abonos. Y el público responde. Luego, conclusión, somos poco exigentes y queremos lo mismo de siempre.
No me gusta y es una pena que con la cantidad de festivales que existen, la misma película se repita en la mayoría de ellos.

